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Prácticamente quien inició estas comunidades fue el mismo San Ignacio de Loyola en su deseo de buscar compañeros con los cuales compartir una experiencia personal y particular del seguimiento de Jesús. San Ignacio, a su regreso de Tierra Santa, busca compañeros de camino. Lo que está descubriendo en su interior requiere de ser compartido, tanto por una necesidad plenamente humana de compañía como por compartir algo sumamente valioso; tan valioso que por su naturaleza requiere ser difundido. Este llamado, descubierto por una gracia especial, lo lleva a formar en París y básicamente con sus condiscípulos de Universidad, los siete amigos del Señor.
Dada la condición laical de San Ignacio y de sus primeros amigos en este momento de su vida, es esta la primera CVX de la historia. Paralelamente a que se funda propiamente la Compañía de Jesús (1539-1540) la historia cuenta que los primeros compañeros de San Ignacio promueven una gran cantidad de grupos laicales, llamadas “compañías”, que tiene como propósito: “aprender el pensamiento cristiano y tratar todo lo que les pueda servir para este nuevo modo de vida. Se comprometen a comulgar cada quince días y hacen muchas obras en beneficio para los pobres, visitan hospitales y reconcilian disidentes”.
Muchos años después, en 1556, el jesuíta Juan Leunis recupera la experiencia de estas primeras compañías de laicos ignacianos, la sistematiza y comienza a estructurar lo que después se llamó el movimiento de las Congregaciones Marianas. Nombre inspirado en el texto evangélico “si dos o tres están reunidos en mi nombre, ahí estoy en medio de ellos” (Mt. 18, 20). Reunión, conforme al latín “congregatio” y mariana por ser María la reina de la Compañía de Jesús. A partir de este momento la Congregaciones florecen entre los jóvenes estudiantes de los Colegios de la Compañía de Jesús. Su lema es “unir virtud con letras”, lo que simboliza el esfuerzo de integrar en un solo proceso el llamado de Dios a humanizar el mundo y la educación profesional.
A lo largo del siglo XVII las Congregaciones se extienden por África y América; en Europa constituyen un factor importante para la promoción de estructuras sociales democráticas y un elemento vital para el surgimiento posterior del catolicismo social. A pesar de la supresión oficial de la Compañía de Jesús en el siglo XVII, las Congregaciones siguieron su afán apostólico, la formación y el compromiso, incluso durante el siglo siguiente. Formalmente pasan a depender del clero secular y, en un fenómeno que no es exclusivo de ellas sino de la Iglesia en su conjunto, han tomando estructuras burocráticas y piramidales de organización, comienzan a centrarse en el culto más que en el apostolado y la participación del laico se pierde totalmente en función de la dirección fuerte de los sacerdotes.
Con toda seguridad la ausencia de asesoría jesuíta permitió este cambio de rumbo con respecto a los fines originales. Ya entrando el siglo XX el P. Ledochowsky, General de la Compañía, retoma las fuentes del movimiento y promueve una reestructuración profunda de las Congregaciones, de las cuales las CVX heredan el deseo originario de Ignacio.
La historia de las CVX en el siglo XX, está caracterizada por una lucha ardua por ser fieles a la experiencia fundante lo que las obliga a responder de forma ignaciana a los retos del mundo de hoy. Una vez que el P. Ledochowsky convoca a los jesuitas que trabajan en las Congregaciones Marianas, que crea un secretariado central en Roma e impulsa una red de relación entre los grupos existentes en 1953, se funda oficialmente la Federación Mundial de Congregaciones Marianas.
Sin embargo casi una década después, el Concilio Vaticano II comienza los aires renovadores en toda la Iglesia y promueve un cuestionamiento profundo de sus estructuras. Nuevas formas de vida, trabajo y compromiso nacen o se renuevan y entre ellas surgen las Comunidades de Vida Cristiana como una forma de expresión de esta Iglesia que quiere ser testimonio primero del Reino y que busca los medios mejores para regresar renovadamente a sus fines primeros: ser movimiento de los laicos que desean vivir cotidianamente los Ejercicios Espirituales de Ignacio.
En 1971 Pablo VI aprueba oficialmente las CVX y desde entonces se suceden un conjunto de cambios importantes, como son la creación de los Principios Generales, la existencia de las CVX en más de sesenta países en los cinco continentes, reuniones mundiales cada cuatro años, la existencia de un equipo de servicio mundial, grupos de trabajo permanentes -compuestos por personas de varios países- un boletín de muy alta calidad como lo es “Progressio” y lo más importante: miles de laicos agrupados en las CVX trabajando en múltiples ambientes: sindicatos, misiones, universidades, en la familia, en la ONU, en grupos pacifistas, en la inserción con los pobres, con ancianos, enfermos, niños desprotegidos, en los negocios, en partidos políticos, en el trabajo intelectual y de otros muchos campos, con el único fin de aplicar los Ejercicios Espirituales en la vida cotidiana, soportados por un proceso comunitario aplicado a las realidades concretas del lugar donde se vive.
* Adaptado del documento: Historia y finalidad de las CVX. |