LA IMPLANTACIÓN DEL RATIO STUDIORUM EN LA PROVINCIA DEL NUEVO REINO DE GRANADA


1. La Ratio Studiorum se publica en 1599 -final del gran siglo de las Reformas- y se inscribe en el desafío de respetar las aspiraciones de los particularismos de las ciudades renacentistas frente a las exigencias de los poderes nacionales empeñados en dar una respuesta "a la demanda universal de una formación que correspondiera a la racionalidad económica, jurídica, social y cultural".

La sociedad europea del XVI vivió una intensa aceleración en el movimiento que supuso la transición de una cultura oral a la escrita en el marco de la comercialización del libro impreso y en la demanda de escolarización para satisfacer las exigencias de las nuevas clases medias emergentes.


2. Los Jesuitas ingresaron a los espacios americanos cuando las otras Ordenes Religiosas llevaban varias décadas de acción evangelizadora en el Nuevo Mundo. Todavía más, el primer campo misional de la Compañía de Jesús no fueron las Indias Occidentales, sino las Orientales a donde partió Francisco de Javier en 1540, el mismo año de la fundación de la Compañía de Jesús.

En consecuencia, la cronología de ingreso de la Orden de Loyola en la América hispana es tardía y doblado el siglo XVI: En 1566 llegan a la Florida, en 1567 al Perú, en 1572 a Méjico, en 1586 a Ecuador, en 1593 a Chile y posteriormente a la región del Plata, al Paraguay y al Nuevo Reino.

Por ello, los jesuitas entendieron que su utopía de los Ejercicios Espirituales se proyectaba no en la corteza del continente sino en los grandes espacios irredentos, es decir, en el corazón y en las entrañas de América, mientras que las severas exigencias de la Ratio debían desarrollarse en el escenario de las jóvenes ciudades y urbes que configuraban el nuevo continente.


3. En 1600 la Compañía de Jesús contaba con 8272 miembros y 236 colegios distribuidos por todo el mundo. De esta forma se insertaba el Nuevo Reino de Granada en los prolegómenos de una historia intelectual de los jesuitas del Renacimiento y la génesis neogranadina de cómo y por qué han concurrido a la obra común de engendrar la modernidad.


4. En 1604 se fundaba la Provincia jesuítica del Nuevo Reino y Quito de la Compañía de Jesús. Por un lado surgía como una manifestación de la universalidad de la Orden; y por otra parte nacía al amparo de la Provincia del Perú donde los jesuitas habían ensayado ya su primera experiencia colombina.

Su grupo fundador así lo atestigua. América venía respresentada por el primer Vice-Provincial, P. Diego de Torres; y la Compañía de Jesús universal en el científico Juan Bautista Coluccini, en el humanista José Daddey y en el teólogo Martín de Funes.

El contenido de la personalidad del P. Diego de Torres se manifiesta en dos grandes trazos de su biografía. En el Perú, a donde llegó en 1581, entiende la posición del P. José de Acosta, quien tuvo la audacia de releer el proyecto de América una vez que se acallaron las voces suscitadas por los "Justos Títulos" y que las meditaciones de Vitoria y la Escuela de Salamanca habían desplazado su quehacer teológico hacia una legislación indiana más humana y cristiana. Su Historia natural y moral de las Indias Occidentales marca una nueva época en la historia del americanismo por la cualidad de sus fuentes, su sentido crítico y sobre todo porque propone una teoría del hombre americano y un cuadro general de los pueblos amerindios. El segundo, más encarnado, lo convertirá en uno de los artífices de las Reducciones del Paraguay.

Martín de Funes, aunque nacido en España, había ejercido la docencia de la teología en Austria e Italia donde publicó varias obras y en la Biblioteca Nacional de Bogotá permanece inédita su Tabulae methodicae totius moralis theologiae que recoge 15 años de docencia. Hombre nacido para grandes ideas suplicaría en 1607 al P. Aquaviva que interviniera a fin de que su Majestad "funde este colegio y universidad como se lo han pedido el Presidente, el Arzobispo, el Visitador de toda la Audiencia y la Audiencia misma".

Con José Daddey introducían lo jesuitas la elocuencia latina así como la enseñanza de "los meteoros y la esfera del del P. Clavio".

Y sería Coluccini el testigo que supo transplantar el barroco jesuítico y adaptarlo a la realidad santafereña. Al decir de Tüchle "esta arquitectura quiere ser la expresión de lo espiritual, al principio de un modo austero y claro, despojado de todo ropaje simbólico, más tarde cargado con toda la riqueza de imágenes y símbolos llenos de contenido, pero siempre abierto de par en par hacia el espíritu, la idea, la fe. El auténtico objetivo es Dios".


5. El estudio de la implantación de la Ratio Studiorum en el Nuevo Reino amerita algunas consideraciones previas.

En primer lugar somos conscientes de que la reflexión y el método deben preparar al entendimiento para las exigencias del análisis y el ordenamiento de sus resultados debe servir para construir el edificio científico. Por ello, el método sin alma puede conducir a un formalismo dialéctico cuando su técnica se convierte en un fin en si mismo y deja de lado la realidad objetiva.

En segundo término intentaremos demostrar que la Ratio no se circunscribe al contenido de su última redacción de 1599 -la más pobre de todas- sino que conlleva en su interior una historia de medio siglo de intuiciones, esfuerzos, ensayos, experiencias, errores y revisiones que hicieron posible el edificio de la paideia jesuítica en todo el mundo. La norma debe iluminar el camino para realización de un proyecto y ese largo y complejo recorrido es el que queremos describir para el Nuevo Reino.

En consecuencia centraremos nuestro estudio a la luz de las siguientes consideraciones:

Un primer núcleo de atención se puede centrar en el pensamiento de que la Ratio fue un sistema educativo encaminado a la producción y circulación del saber y a la formación de ciudadanos probos y virtuosos.

Un segundo paso abre los espacios a la consideración de que la Compañía de Jesús significó la inserción en el mundo cultural de un talento colectivo de innovación que tenía conciencia los mecanismos exigidos por un empresa fuera de lo común de capitalización intelectual y de organización institucional a escala internacional.

Y una tercera reflexión ubica el preciso horizonte de la Ratio: la razón de ser de los estudios jesuíticos y del conocimiento nuevo constituían un método para conseguir los grandes ideales renovadores de la Compañía de Jesús al igual que los Ejercicios Espirituales escritos por el fundador de la Orden intentaban transformar el interior de la persona humana.


6. Con este telón de fondo trataremos de describir la ruta y el camino que trazó la Provincia del Nuevo Reino en la implantación de la Ratio Studiorum en tierras neogranadinas.

La acción pedagógica de los jesuitas en el Nuevo Reino de Granada se inicia el 1º de enero de 1605 y la oración inaugural estuvo a cargo del italiano P. José Dadey y tuvo como oyentes a la real Audiencia, al Arzobispo, ambos Cabildos y gran número de gente.


7. El mayor reto de la Compañía de Jesús consistía en insertar el Nuevo Reino en la Europa cultural, científica, social y católica que veía al mundo con los ojos del Barroco.


I. Y su primera respuesta fue la Universidad Javeriana. Y sólo se puede entender la historia de la Academia de San Francisco Javier si se la estudia como una totalidad de proyectos que enfrentaron el hombre, la ciencia, la religión y la sociedad coloniales.

El proyecto científico javeriano está todavía por escribirse. La infraestructura académica está suficientemente analizada y estudiada por el P. Juan Manuel Pacheco. Se trata, sin lugar a dudas, del más complejo e inédito de todos los proyectos. Conocemos en gran parte las estructuras legales que avalaron el cultivo de las ciencias, sin embargo constituye una tarea por hacer la identificación de los hombres que crearon y difundieron los saberes, el estudio de sus obras y las ideas que manejaron para de esta suerte poder evaluar sus mentalidades.

Cuando el 13 de junio de 1623 se presentó ante la Audiencia el P. Baltasar Mas para exhibir los documentos que le autorizaban al colegio de Santafé conferir grados ya funcionaban las facultades de Filosofía y Teología.


1. La carrera de Filosofía se extendía por un trienio. Y se dictaban diariamente dos clases: una por la mañana de nueve a diez y media y otra por la tarde de dos y media a tres y media. Hay que señalar que un solo y único catedrático enseñaba a su cohorte durante los tres años. El primer año solía llamársele Lógica, al segundo Física y al tercero Metafísica.

Hemos logrado identificar a 41 catedráticos que impartieron esta disciplina de los que 23 fueron colombianos, 17 españoles y 1 italiano. En esta enumeración no está incluído el P. Dennis Mesland, discípulo de Descartes, quien fue el primero en enseñar estas doctrinas en tierras americanas. Pero si atendemos al lugar de su formación académica observaremos que: 30 se recibieron en la propia Javeriana; 8 en España; 1 en España y Quito; 1 en Italia y en la Javeriana y de 1 ignoramos esa información.


2. El currículum teológico abarcaba cuatro años. La Universidad Javeriana cubría esta facultad con 4 profesores: dos de teología dogmática: uno que era llamado maestro de prima y el segundo maestro de vísperas; a ellos se añadía uno de teología moral y otro de Sagrada Escritura.

El maestro de prima dictaba su clase de ocho y cuarto de la mañana hasta las nueve y cuarto. El maestro de vísperas de nueve y media a diez y media. Las clases de teología moral y Sagrada Escritura se tenían por la tarde.

El claustro de maestros de teología estuvo configurado por 56 catedráticos distribuidos de la siguiente manera: 28 colombianos, 21 españoles, 2 italianos, 1 irlandés, 1 austríaco, 1 bávaro, 1 ecuatoriano y 1 belga. Los estudios superiores los llevaron a cabo: 33 en la Javeriana, 13 en España, 3 en Quito, 2 en Italia, 1 en Bélgica, 1 en Austria, 1 en Baviera, 4 compartieron su formación en España y en la Javeriana y 1 en España y Quito.

También conviene señalar que de los 41 profesores de Filosofía, 29 accedieron a las cátedras de Teología.


3. La disciplina del derecho civil, qua talis, aunque no perteneció al ámbito ordinario de la docencia jesuítica, sin embargo formó parte del curriculum en algunas de sus universidades, sobre todo indianas.

A esto habría que añadir el hecho de que muchos jesuitas cultivaron las áreas de la filosofía (sobre todo en los tratados de Justitia et Jure y en el de Jus Gentium) y de la teología moral comunes o pararelas con el derecho.

En el caso específico de Santafé de Bogotá pronto intuyó la Compañía de Jesús neogranadina la necesidad de incorporar al atrio de la Academia de San Francisco Javier las Facultades de Cánones y Leyes como una respuesta al diseño y a la construcción de una sociedad inspirada en la libertad y ordenada en la justicia. Mas, la biografía de este ensueño, todavía inédito, tiene su prólogo en la Real Cédula de 25 de noviembre de 1704 y su realización el 13 de junio de 1706 con la apertura de tan importantes estudios. Pero esta historia está todavía por escribirse.


4. Desde su propia génesis la Javeriana asumió dos proyectos históricos poco investigados en la historia del pensamiento social latinoamericano. El primero fue la defensa del negro iniciada por Martín de Funes, continuada por Alonso de Sandoval, consagrada por su obra De instauranda aethiopum salute y perpetuada por Pedro Claver y sus seguidores hasta 1767. El segundo se vinculó a la lucha por la justicia no sólo de los indígenas de la Sabana sino muy especialmente de las etnias que configuran los espacios profundos de la Orinoquia.

Esta búsqueda de la alteridad, espacio necesario para el diálogo y la comunión racial, define uno de los proyectos más estudiados de la Javeriana colonial.

Desde la llegada de los jesuitas al Nuevo Reino se preocuparon por el estudio del chibcha porque percibían que era la única forma de llegar al indígena. Así surgió la Escuela de Lengua en Cajicá, donde se formó la primera generación de lingüistas jesuitas del XVII. Posteriormente se crea la Cátedra de Lengua Chibcha dentro del Colegio Máximo, acción muy alabada por el P. General de la Compañía de Jesús. Mas, a la muerte del presbítero Gonzalo Bermúdez en 1625 la cátedra de la Audiencia pasó a manos de la Compañía de Jesús. A partir de ese momento pensamos que se fusiona en una sola la enseñanza del chibcha en Bogotá. Esta situación se mantuvo, por lo menos, hasta 1666. Fenecido el apoyo oficial continuó la Compañía de Jesús en esta abnedaga docencia, al menos, hasta la muerte del P. Juan de la Peña más allá del año 1680.

a. La polémica entablada entre Fray Bartolomé de las Casas y el canónigo Ginés de Sepúlveda traza la dialéctica en que se moverá la visión del nuevo mundo: la pasión de la utopía y la racionabilidad del Estado. A este marco de referencia habrá que recurrir para interpretar el carácter pendular de la legislación hispana en torno al indígena, a las lenguas americanas y a las formas de evangelización.

Es lógico que se argumentase que a la romanización de grandes extensiones del viejo mundo debía corresponder la hispanización del Mundo Nuevo conquistado por los españoles. La comparación servía de estímulo para una política lingüística definida. Pero la realidad fue evidenciando que América se integraba en una geografía pluricultural y plurilingüística. Por ello, pronto se llegó a la conclusión de que si a los indígenas se les debía enseñar otra lengua, además de la materna, ésta debía ser la castellana, pues de lo contrario, amén de la lengua general de cada circunscripción, deberían aprender el castellano, idioma oficial del nuevo Estado.

Mas, ¿cómo llevar a cabo este difícil y lento proceso?. Muy romántico le debió parecer al barón de Humboldt el esfuerzo jesuítico por resolver el reto idiomático americano y por ello tomó como objetivo lo que constituía un mero proceso:


Las lenguas americanas tienen una estructura tan completamente distinta del latín, que los jesuitas, que atendieron con el máximo esmero todo aquello que pudiera favorecer la buena marcha de sus establecimientos misionales, introdujeron, para uso de los nuevos conversos, en vez del español, algunas lenguas indias muy ricas, sistematizadas y difundidas, sobre todo el quechua y el guaraní: Por medio de ellas trataron de acabar con los dialectos más pobres, torpes y de construcción más irregular.


Si en 1580 Felipe II ordenaba el establecimiento de las "cátedras de lenguas generales" lo hacía con el convencimiento de que de esa forma respondía a la tradición incaica recogida por Cieza de León e inspirado en Garcilaso de la Vega.

Pero otras serían las dificultades en el Nuevo Reino. Aunque la metalurgia del oro daría prestigio legendario a ciertos grupos étnicos, sin embargo, el mundo chibcha se constituía en una especie de "área intermedia" por ser un espacio ideal de transición tanto en lo lingüístico como en lo cultural entre los límites signados al norte por el área mesoamericana de Guatemala y México, al sur con el área andina del Ecuador y Perú, y al este con el área caribe y con la amazónica.

En 1582 los superiores de las Ordenes Religiosas impugnaron el carácter general de la lengua muisca. Mas, por otro lado muchos clérigos mestizos y criollos conocían y hablaban bien el chibcha o sus dialectos porque las habían aprendido de sus niñeras indias. Y para los peninsulares resultaba una tarea inconmensurable que la mayoría no estaba dispuesta a afrontar.

De esta suerte los partidarios de la lengua del conquistador diseñaron razones que giraban desde el obstáculo para el programa lingüístico y civilizador de España hasta la tesis de que el perpetuar las lenguas vernáculas permitía a los indios mantener las idolatrías y supersticiones antiguas pasando por la supuesta sospecha de evitar los inconvenientes que pública y privadamente se achacaban a los sacerdotes mestizos y criollos.


b. Llegados en 1604 los jesuitas a Santafé de Bogotá toman posición de inmediato en la polémica existente sobre el estatuto de las lenguas indígenas y las políticas de hispanización de los aborígenes.

Con ellos, tres corrientes culturales se insertan en la tipología lingüística neogranadina al iniciarse el siglo XVII: la española, la italiana y la criolla.

Los pueblos ibéricos se habían acostumbrado al diálogo del romance con el árabe y el hebreo a través de sus Escuelas de Traductores como las de Toledo, Ripoll y Tarazona durante toda la Edad Media. Incluso, consumada la unidad nacional bajo los Reyes Católicos, Pedro de Alcalá publicará en 1501 su Vocabulista in Arabigo para enseñar árabe a los predicadores cristianos. Ello significó el reconocimiento de la existencia del otro y que el latín no era molde obligado para la verbalización del pensamiento.

Italia, cuna del Renacimiento, gozaba de una larga tradición en el cultivo de la Filología clásica y bíblica que le había abierto al conocimiento crítico y humanístico de idiomas como el latín, el griego, el hebreo, el siríaco, y otros. La obra de Lorenzo Valla (1407-1457) inspiraría junto con Dante, Bocaccio y Petrarca el humanismo italiano.

Lo cierto es que la escuela jesuítica italiana se abriría a todos los mundos conocidos en una simbiosis llamativa en la que la racionabilidad lingüística correría pareja con la científica. Así lo demostraría Mateo Ricci en China o Roberto Nóbili (1577-1656) en la India, quien fue el primer europeo que llegó a dominar perfectamente el sánscrito, lengua que sería clave en las postrimerías del XVIII para la creación de la moderna lingüística comparada.

También los jesuitas criollos neogranadinos accedieron a su mundo indígena a través de sus lenguaraces pues las supieron por haberlas aprendido en sus hogares y podían así entender el reto de un entorno que era parte de su suelo patrio. Quizá el mejor arquetipo lo constituya el neogranadino de Villa de Leiva, P. Juan de la Peña.

La lingüística es tarea colectiva y progresiva. Por ello, los jesuitas pusieron de inmediato en práctica la institucionalización de su esfuerzo. De esta suerte nacieron, con proyección durante gran parte de la primera mitad del siglo XVII: la Escuela de Lenguas en la doctrina de Cajicá, en plena sabana bogotana, a las órdenes del P. Juan Bautista Coluccini y la Cátedra de Lengua Chibcha en los incipientes estudios de filosofía y teología que devendrían siete años más tarde en la Universidad Javeriana. Y a partir de 1625 también se encargarían los jesuitas de la Cátedra pública del chibcha fundada por la Real Audiencia.

Estas tres corrientes se fusionaron en los dominios del Zipa hasta realizar un movimiento filológico y cultural a lo largo del XVII poco estudiado hasta el momento pues de toda esa febril actividad sólo ha conocido la luz pública el Diccionario y Gramática chibcha del P. José Dadey.

La verdad es que el correr del siglo XVII cambió con celeridad el escenario social del mundo del altiplano pues el violento descenso demográfico de la población indígena y la rápida ladinización de indios y mestizos, así como la fragmentación dialectal del pueblo chibcha, hizo que el castellano desplazara de la vida social el chibcha y lo confinara a la intimidad del hogar y a la soledad rural.

De este primer encuentro de la Compañía de Jesús con el submundo de lo que había sido la sociedad muisca se validó un arquetipo de conducta histórica que iluminaría la convicción indigenista para los proyectos venideros.


5. El proyecto artístico javeriano, como la totalidad del arte religioso en América, nació con una finalidad netamente espiritual. Como acertadamente apunta Max Dvorak el arte "es también, siempre y en primer término, expresión de las ideas que preocupan al hombre, y la historia del arte es, en no menor grado que la historia de la filosofía, de la Religión o de la Poesía, una parte de la historia general del espíritu".

En este contexto se debe explicar la biografía colonial de la Iglesia de San Ignacio en la que no sólo se dieron cita arquitectos, pintores, escultores, músicos, fundidores y artes afines sino que además convocó todo un movimiento religioso con su alud de oradores sagrados, congregaciones, devociones y una sociedad que buscaba beber el deber ser como parte vital de una cultura que pugnaba por edificar la arquitectura de una identidad mestiza.


6. Efímera fue la cátedra de medicina en las aulas javerianas que se inició el 1º de bril de 1636 y en 1641 no tenía oyentes. Sin embargo cumplió una silenciosa pero ejemplar tarea la botica de la Javeriana, la cual, según Esteve Barba, habría comenzado a funcionar hacia 1618 y "fue la única autorizada -según el mencionado autor- hasta que el Convento de Predicadores abrió otra en 1763".

Dos razones, entre otras, nos inducen a pensar que debía tener reputación. Una, porque su institucionalidad se mantuvo a lo largo de la biografía colonial de esta universidad y fue lugar de experimentación de las fórmulas tanto del viejo como del nuevo mundo: la personalidad profesional de algunos de sus directores nos inducen a pensar que científicamente estaban bien preparados. Otra, porque a ella remitían los misioneros lo que consideraban podía ser útil para su mejoramiento; así lo evidencian, por ejemplo, los envíos del P. Gumilla al "hermano Juan de Agullón, boticario, médico y excelente químico del colegio máximo".

Como dato ilustrativo aducimos el testimonio del autor del Ensayo de Historia Americana, quien en su destierro en Roma tras la extinción de la Compañía de Jesús recordaría con humor: "Pero lo que [a] los bárbaros les da menos fastidio en sus enfermedades son los medicamentos diaforéticos hechos con flores de casia, de rosas, o bien de borraja, traídos de Santa Fe, y ya sea por el azúcar que se mezcla en estas infusiones, y que a los indios les gusta extraordinariamente, o por la utilidad que de ellas sacan, las piden muchas veces por si mismos".


7. Existen otros proyectos sin los cuales no se podría entender la biografía de la Universidad Javeriana: el proyecto del Real Colegio Mayor y Seminario de San Bartolomé, el proyecto económico casi siempre estudiado como un ente divorciado de la misión de la Compañía de Jesús neogranadina, el proyecto literario y humanístico base de la formación de innumerables generaciones del Nuevo Reino que se comprometieron con la ciencia y el desarrollo colombianos, el proyecto misional orinoquense con su polifacética conquista del Llano y la Orinoquia y el proyecto religioso que llegó a lo más íntimo de las conciencias del pueblo y de sus estamentos altos.


8. La Universidad Javeriana es la clave para la lectura de todos estos proyectos y así como los Ejercicios de San Ignacio suponían en el jesuita adquirir una convicción, una experiencia y un hábito así también para los javerianos neogranadinos fue la Academia de San Francisco Javier su arquetipo ideal como punto de referencia en su conciencia ideal, simbólica o imitativa.

La función psíquica exige para poder desarrollarse sustancia y promesas, es decir, arquetipos de identificación. Por ello, el jesuita neogranadino necesitaba encontrar en su alma Mater una herencia cultural que le hizo habitante de una historia y partícipe de una sociedad, para de esta forma sentirse actor en una red de relaciones a partir de las cuales pudiera elaborar comportamientos en respuesta a problemas existenciales. De esta manera, cada hijo de San Ignacio, cada colegio, cada rincón misional, cada hacienda reiteraba un modelo creador que invitaba no sólo a la imitación sino al riesgo de la superación.


II. Afirmábamos en lo anteriormente dicho que el reto y misión de la Compañía de Jesús consistía en insertar el Nuevo Reino en la Europa cultural, científica, social y católica y su primera respuesta fue la Universidad Javeriana.

El segundo desafío aspiraba a sembrar el mismo ideal en las principales ciudades de la Audiencia, y más tarde Virreinato, y lo llevó a cabo mediante un revolucionario sistema educativo-formativo: el colegio indiano.


1. La Formula acceptandorum collegiorum anno 1588 recognita pormenorizaba las exigencias que definían un colegio jesuítico tanto en la integración de la comunidad, como en la dotación del edificio y de las clases y los ministerios que debían desarrollarse en torno a la Iglesia. Pero, esta Formula excluía expresamente a las Indias y a las regiones transalpinas. Suponemos que la exclusión contempla la letra de algunas disposiciones pero no el espíritu global del documento.

En la Provincia del Nuevo Reino de la Compañía de Jesús, sólo Santafé de Bogotá y Quito (y posiblemente Cartagena) podían aspirar a disponer de hombres y medios para poder llevar adelante el genuino ideal de la formación ignaciana.

Mas, en el resto de la demarcación geográfica neogranadina -así como del resto del continente- se interponían grandes espacios en los que pequeñas ciudades pugnaban por adquirir identidad a la vez que levantaban lentamente su estructura institucional como parte de la maquinaria administrativa de la monarquía hispana.

Esta era la realidad de la mayoría de las poblaciones donde fue fundando colegios la Compañía de Jesús tanto en la Provincia del Nuevo Reino como en la mayoría del resto de las Provincias americanas. Como es natural las exigencias y los planteamientos de estas ciudades provincianas eran en muchos aspectos distintos a los de las grandes urbes, aunque los ideales educativos fueran idénticos.


El colegio indiano


2. La organización de lo que podríamos denominar colegio indiano, es decir, un colegio de provincia en Indias, se reducía al mínimum requerido para poder lograr los fines fundamentales de la educación.

Su estructura descansaba generalmente sobre cuatro personas. El Rector, responsable local de la vida escolar por él presidida. El Profesor de Gramática que atendía permanentemente la marcha de las aulas. El Procurador del colegio que iría adquiriendo dimensiones desorbitadas por los capitales y riesgos que debía correr para el mercadeo de los productos. Y el Prefecto de Iglesia, encargado del fomento de los ministerios encaminados a la práctica de las virtudes cristianas no sólo de los alumnos sino también de los feligreses que acudían al templo jesuítico.

Desde un punto de vista institucional y legal la "máquina religiosa" era responsabilidad del Prefecto de Iglesia; la "máquina educativa" reposaba sobre el Director de Estudios (auténtico administrador de la empresa académica); la "máquina económica" descansaba sobre el Procurador (verdadero gerente de la empresa); y todos gozaban de funciones claramente diseñadas y delimitadas.

Mas, en definitiva, todas esas fuerzas dependían legalmente del Rector, genuino presidente de la corporación y por ende a él competían las decisiones finales -dentro del ámbito de su competencia limitada- en todos los campos de las administraciones.

Por su parte, la estructura del poder decisorio reposaba sobre tres niveles distintos: el local, representado por el Rector; el provincial (que abarcaba toda una extensa demarcación geográfica llamada Provincia) presidido por el Provincial; y el romano que, dentro de la concepción monárquica de la Compañía de Jesús, se centraba en el poder, prácticamente omnímodo, del Prepósito General.

Paralela a esta jerarquía de poder institucional encontramos a los Procuradores (de cada domicilio, de cada Provincia y el General), piezas vitales para entender cada uno de los entes económicos o la constelación de todos ellos. Su poder era gerencial y dependiente del respectivo nivel (Rector, Provincial, Prepósito General).


El Rector


3. La cabeza visible de la obra total del colegio indiano era el Rector. Por ello en sus respectivas reglas se le recuerda que debía preceder a todos con el ejemplo.

Mucha importancia atribuía la Compañía de Jesús de comienzos del siglo XVII a las costumbres tanto comunes al cuerpo universal de la Orden como a las específicas de cada provincia y casa. El esfuerzo unificador llevado a cabo por el P. Claudio Aquaviva y sus consiguientes consultas a todas las provincias esparcidas por el mundo representan la búsqueda de una identidad jesuítica que debía prevalecer sobre continentes, razas e ideologías. Ello explica el compromiso que asumía cada Rector frente al futuro de una orden religiosa nueva que se había extendido tan rápidamente por el universo conocido.

Pero como el cultivo de la vida espiritual de la comunidad jesuítica era el único medio válido para llevar adelante los ideales tanto religiosos como culturales, educativos y económicos del colegio, al Rector le correspondía mantener con ilusión y entrega la respuesta personal y comunitaria de cada uno de los integrantes de su jurisdicción.

En la vida práctica era muy difícil que el Rector se moviera con igual competencia en las tres áreas de acción del colegio; lo lógico era que su gestión fuera más directa en el templo y en el colegio y más a distancia cuando se trataba de las haciendas.

Sobre el Rector recaía la responsabilidad inmediata y última de la buena o mala marcha del plantel educativo. Además, debía asumir las principales funciones del Prefecto de Estudios. Debía fomentar el entusiasmo del Profesor de Gramática para mantener vivos los programas educativos y evaluar cada mes con el docente el desarrollo del curso. Asimismo debía asistir a los ejercicios literarios prescritos para garantizar su buen éxito. También tenía que presidir la entrega de los premios, estímulo para inculcar la búsqueda de la excelencia. Y expresamente se le impone que funcione la Congregación Mariana de la que hablaremos más adelante.

El Prefecto de Estudios era el gestor directo e inmediato del funcionamiento académico del colegio a su cargo. Debía conocer a fondo la Ratio Studiorum a fin de poder exigir su cumplimiento. Pero en los colegios pequeños todas las funciones encomendadas al Prefecto las asumía el Rector.

Su gestión contemplaba: coordinación del profesorado; las admisiones y promoción de los alumnos; la supervisión de los exámenes y ejercicios literarios; y la disciplina.

En cuanto a los docentes, comenzaba por hacer guardar las Reglas correspondientes a los Profesores, visitar las clases para tomar conciencia de su funcionamiento, verificar los calendarios, controlar el pensum, que estaba referido en la Gramática del P. Manuel Alvarez y en Retórica a la del P. Cipriano Soarez; y velar por el prestigio y autoridad del profesorado.

También debía supervisar el variado mundo de los ejercicios literarios: las declamaciones mensuales, las disputas de clases, las Academias, así como los premios públicos o privados.

Finalmente debía cuidar de la disciplina del colegio, tanto dentro del aula como en los espacios que configuraban el recinto escolar.

En definitiva se puede considerar que el Rector era el responsable directo de la buena marcha del colegio así como también el garante de la disciplina religiosa de todos sus moradores jesuitas. Pero, por otro lado, no se puede olvidar que la entidad a él adscrita formaba parte de un todo parcial como era la provincia del Nuevo Reino y en este sentido debía cumplir con normas que eran obligatorias para todos los planteles educativos.

Mas, para evitar cualquier desviacionismo Ignacio de Loyola había previsto la necesidad de que el Rector fuera asesorado por la denominada "Consulta domus" y vigilado por el Admonitor.

Los consultores eran nombrados por el P. Provincial y su misión principal se dirigía a ayudar con su consejo al Rector para que el colegio obtuviera los mejores frutos. Su norte debía ser el bien común. Si el caso lo ameritara podían remitir su opinión al superior mediato. También debían escribir cíclicamente al Provincial y al General las relaciones que estatuía la "Formula scribendi".

El Admonitor lo elegía el Provincial. Su misión consistía en advertirle al Rector de aquellas cosas que la mayor parte de los consultores juzgare oportuno hacerle ver o reflexionar y de aquellas otras relativas a la persona o al oficio dignas de ser tenidas en cuenta. Para mejor cumplir con su oficio debía poseer copia de todas las órdenes que los Provinciales dejaban al colegio "para que él pueda celar su observancia".

En la Provincia del Nuevo Reino estaba determinada la "Forma para haçer la entrega de un Collegio a su sucesor quando un Rector acaba su oficio". Se trata de un cuestionario pormenorizado acerca de la gestión rectoral durante el trienio de su mandato, cuyo texto debía ser firmado por la autoridad saliente y la entrante.


El Profesor de Gramática


4. El Profesor jesuita que se vinculaba al campo de la enseñanza de las humanidades era un profesional académico que había cursado tanto la Filosofía como las Letras en Universidades o Centros Especializados, además de haberse capacitado en Seminarios prácticos en las técnicas de la pedagogía adoptadas por la Orden. Esta última exigencia se definió en 1565 en la Segunda Congregación General y se consagró definitivamente en la Ratio Studiorum de 1599:


Para que los maestros de las clases inferiores no lleguen imperitos a enseñar, en los colegios de que suelen sacarse los maestros de letras humanas y de gramática, el Rector elija a alguno muy perito en enseñar con el que se reúnan al fin de los estudios tres veces por semana durante una hora los que están cercanos a ser maestros, para ser preparados al nuevo magisterio; y ello hágase alternativamente preleyendo, dictando, escribiendo, corrigiendo y desempeñando otros oficios del buen profesor.


Pero a todas estas premisas hay que añadir otra, sin la cual se perdería la perspectiva real de la imagen del profesor jesuita: el magisterio surge, no solo como una profesión, sino además como una misión específica y especial en la que no existe divorcio alguno entre su consagración al quehacer cotidiano en el colegio donde presta su servicio y sus ideales religiosos e intelectuales porque su espíritu corporativo había entendido que la semilla se sembraba individualmente pero el fruto cosechado hacía referencia a la comunidad.

La biografía del Profesor estaba enmarcada en el trabajo continuado: el estudio, la preparación de las clases, la dedicación a los alumnos y el cumplimiento de las demás normas de la Ratio Studiorum.

Su dedicación docente era exclusiva: Diariamente debía dictar 4 horas de clase: dos por la mañana y dos por la tarde, de acuerdo con los programas prescritos y plasmados en las disposiciones educativas vigentes. También debía atender personalmente a la variada gama de los ejercicios previamente programados, los cuales podía cambiar "con tal de que se conserven los mismos enteramente y por los mismos espacios de tiempo en las reglas de cada maestro". El pensum anual debía cumplirse a cabalidad y era controlado por el Prefecto de Estudios.

Su empeño fundamental debía cifrarse en seguir los pasos de cada uno de sus alumnos y buscar el mejor aprovechamiento. Tenía que controlar diariamente los ejercicios de la memoria, la entrega de composiciones las que debía corregir "con cada uno de los alumnos" y poner especial cuidado en preparar la prelección. Cíclicamente tenía que llevar a cabo los ejercicios extraordinarios, como concertaciones, etc.. Y finalmente tenía que observar, a través de su Catálogo, la evolución intelectual de cada discípulo.

El entusiasmo y la alegría debían ser sus constantes distintivos y junto a la dulzura y a la paciencia debía exigir la asiduidad de los jóvenes a clase, el silencio y la modestia y la guarda de las reglas.

La disciplina la "conseguirá más fácilmente con la esperanza del honor y del premio y con el temor de la vergüenza, que con los golpes". Y en cuanto a los castigos impone la Ratio:


No sea precipitado al castigar, ni demasiado en inquirir: disimule más bien cuando lo pueda hacer sin daño de alguno; y no sólo no golpee él mismo a nadie (porque eso debe hacerlo el corrector), sino absténgase de ultrajar de hecho o de palabra; y no llame a nadie sino por su nombre o apellido; en vez de castigo será a veces útil añadir algo literario fuera de la tarea ordinaria.


Y la última Regla del Profesor de las clases inferiores concluye con estos sabios consejos:


No desprecie a nadie, mire bien por los estudios tanto de los pobres como de los ricos y procure especialmente el adelanto de cada uno de sus escolares.


La misión del Profesor


Pero la concepción del Profesor no se agota en las normas de la Ratio sino que supone una intensa vida ascética inspirada en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola. La tradición pedagógica de la Compañía de Jesús concebía al maestro como una célula inserta en el sistema educacional, y a la vez un átomo generador de los principios de la Paideia: autoridad, actividad y adaptación.

En la práctica, quien personificaba los ideales educativos expuestos más arriba era el profesor y a su responsabilidad inmediata se encomendaba la transmisión y difusión de los valores en ellos contenidos.

Así pues, no es de extrañar que hayan sido los escritores ascéticos de la Orden quienes más han insistido en las virtudes definitorias del maestro. La universalidad de esta doctrina la confirma el escritor neogranadino, el P. Pedro de Mercado (1620-1701), cuyo influjo en la formación de los jesuitas del Nuevo Reino en la segunda mitad del siglo XVII fue decisivo.


... pero viniendo a lo particular, puede el Maestro ejercitarse en las virtudes siguientes, entre las cuales vaya primero la caridad, como su Reina; ame a sus discípulos en Dios, por Dios y para Dios; y su amor, en las demostraciones exteriores, sea igual para con todos, no singular para con ninguno. Por tener oficio de alumbrarlos, desterrando las tinieblas de su ignorancia, debe ser como el sol, que no se singulariza con ninguno, sino que a todos igualmente alumbra y calienta. Pero si el Maestro es sol de otro hemisferio, y al uno alumbra con los rayos de su enseñanza, y al otro no; y si calienta a aquel con el calor de su caridad, y a los demás no, qué se ha de seguir sino la envidia, las quejas y la murmuración de los que no se ven tan favorecidos ?. Ponga gran solicitud en la enseñanza de sus discípulos ... les leerá con claridad, los corregirá con blandura, las hará ejercicios con fervor, les preguntará con cuidado y les responderá con apacibilidad, que a todo esto obliga el considerar que Dios le ha entregado a sus discípulos y que la Virgen le ha hecho Maestro de sus hijos adoptivos. Con qué solicitud se aplica uno al Magisterio de un hijo de un Rey, o de un gran Señor ? Pues aún con mayor cuidado se debe aplicar el Maestro a la enseñanza de los pobres y de los ricos, porque son hijos adoptivos del Rey del Cielo y de la Reina de los Angeles. Tenga paciencia para sufrir las molestias que trae consigo la enseñanza de los que fueron rudos. No se exaspere cuando hay alguno de tardo ingenio, que Dios no le dio más. Haga su diligencia para desbastarlo con amor y tendrá con el rudo más mérito, que con la enseñanza de los más ingeniosos ... Oiga las quejas de los discípulos con sufrimiento y apacigüe con sagacidad sus rencillas. Que la paz hará que su aula sea un cielo, y la caridad que sean ángeles sus discípulos.


Otro escritor ascético, el P. Antonio Le Gaudier (1572-1622), hacía las siguientes reflexiones sobre el tema del profesor:


Es menester que los adolescentes tengan mucha estima de sus maestros y hagan mucho caudal de su valer. Porque esta estima les apremia interiormente, sobre todo cuando se añade el amor, a cumplir en todo la voluntad de los que los dirigen. Razón por la que todo maestro debe esforzarse por conseguir este predicamento. Mas como ya hemos dicho a propósito del amor, se ha de tener cuidado en no complacerse en la popularidad. La reputación no es más que un medio; su valor moral depende del fin que se quiere alcanzar.


En esta dirección dedica varios párrafos en los que insiste que el crédito es el fruto de las cualidades y virtudes, y se aumenta con la fama de sabiduría, pues los alumnos veneran a los profesores capaces de instruirles bien. En definitiva, se exige un hombre perfecto, de virtudes sólidas, prudente y discreto.

Pero, también es necesario clarificar cómo se inserta la figura del Profesor en medio de los tres grandes principios que rigen la pedagogía ignaciana. La autoridad, concebida como un servicio a la institución educativa para garantizar tanto los ideales de la Ratio Studiorum, como los métodos que deben observarse para conseguir el fin propuesto y el perfecto orden que exige la complicada estructura de profesores, alumnos y programas. La adaptación, para hacer flexibles los métodos y procedimientos de tal manera que el objetivo final, el hombre, se pueda realizar en sus coordenadas espacio-temporales específicas. Y la actividad, conditio sine qua non, para que el hombre de la pedagogía ignaciana se constituya en el artífice de su propia vida como fruto de una opción nacida del criterio adquirido a lo largo de sus años de formación.

El alma de toda esta "fábrica" era la autoridad concebida verticalmente, la cual debe regular las relaciones estamentales: las externas, mediante la normativa de la Ratio, y las internas por la disciplina religiosa de una corporatividad que se rige por la obediencia.

Este nexo entre autoridad y obediencia sólo es válido y eficiente cuando la obediencia es concebida como una virtud y no como mera disciplina. Así, el sentido de corporación en el que fue educado el jesuita, hacía que cada miembro fuera responsable de la consecución del objetivo final y total de la Compañía de Jesús mediante el cumplimiento fiel de su deber asignado, pues para él la obediencia, libremente aceptada, significaba un servicio, un estar siempre preparado para cualquier misión, para trabajar donde y en el puesto en que la institución necesitare la respuesta del súbdito.

Volviendo al tema principal, no es de extrañar que la Ratio Studiorum se pronuncie por la resultante de una cuádruple unidad: de dirección, de profesor, de método y de materia. En otras palabras: la Ratio exige un cuerpo de profesores formados en la misma escuela, imbuidos de los mismos principios, con unos objetivos comunes que deben ser adquiridos por los mismos medios.

Pero en relación con el alumno el Profesor debía adquirir otro tipo de autoridad:


La autoridad -escribirá el P. Juvencio en 1703- es cierta fuerza de mandar, de prohibir, de gobernar. Se la obtiene, o por derecho, o por habilidad. No basta de ordinario que el derecho la conceda si no vienen en su ayuda la habilidad y el talento.


Tres medios propone Juvencio para conseguir este fin: el aprecio, el amor y el temor. El aprecio sincero de los alumnos lo conseguirá el profesor por su cultura y su piedad. La cultura se demuestra dominando "profundamente la materia que debe enseñar" y "no diga nada que no lo haya limado y trabajado". Y la piedad se manifestará en las buenas obras.

El segundo medio radica en procurar el amor de los alumnos, y el profesor lo conseguirá


si lo ven deseoso de su provecho, moderado, dueño de si mismo, no suspicaz ni crédulo, sino tan amable y humano en privado como serio y grave en público, siempre ecuánime e igual con todos, no más amigo de unos, ni demasiado familiar; tardo en castigar ... Admita de buena gana las causas que pueda haber para perdonar o disminuir el castigo (...), que la culpa sea cierta y bien conocida, y si es posible, que el culpable la reconozca y confiese.


El tercer medio para conseguir la autoridad lo constituye el temor filial. Por eso, el maestro debe mandar poco pero con rectitud "que exige lo mandado con constancia y prudencia". El laxismo y el rigorismo deben ser suplantados por la comprensión y la rectitud. La pedagogía ignaciana exige que se haga uso del poder con blandura y moderación.

Uno de los mejores intérpretes de la primigenia mentalidad pedagógica de la Compañía de Jesús fue sin duda el P. Antonio Posevino (1533-1611). En su libro De cultura ingeniorum apela al testimonio de la historia y de la psicología para probar el principio de adaptación. Siendo la naturaleza humana la misma, los talentos son tan diversos que consecuentemente hay que aceptar, a nivel cualitativo, selección y masa. De ahí la importancia que asigna a la necesidad de conocer la capacidad de cada alumno para poder adaptarse a él. De esta suerte escribirá:


Así como los elementos que engañan a la vista por la semejanza de su color blanco, como son la sal, azúcar, la harina, la cal, se distinguen sobre todo por el gusto, así las naturalezas que nos engañan con sus apariencias comunes no pueden ser conocidas sino por un examen detenido de su carácter íntimo.


Si la autoridad debe oscilar entre la firmeza y la suavidad, la adaptación se moverá entre el rigorismo y el laxismo. Para su explicación hay que recurrir a los escritores ascéticos, como a los mejores intérpretes de la vida unitaria que debe surgir de la conjunción de la virtud y las letras. El P. Antonio Le Gaudier (1572-1622) puntualizaba sobre estos antagonismos:

Se cae en rigorismo:


1º cuando se dan lecciones, composiciones o tareas demasiado largas o difíciles; 2º cuando las cosas fáciles se imponen a muchachos faltos de talento, de la memoria o de la ciencia necesarios; 3º si se les habla en términos demasiado duros, desalentados o desalentadores, inspirados por el capricho; 4º si se exige la lección o el tema para un tiempo fijo, sin tener cuenta con las legítimas excusas de la familia o el muchacho; 5º si de buenas a primeras no se quieren oir las excusas presentadas con razón, sino que se las tiene por mentiras; 6º si con la misma severidad se tratan las faltas graves y las ligeras; 7º si nos mostramos suspicaces, incapaces de rectificar una impresión desfavorable, si somos avaros de elogios y pródigos en reprensiones; 8º si mostramos desestima hacia un alumno y costumbre de interpretar torcidamente todo lo suyo; 9º si no conocemos más que la rigidez de los reglamentos y olvidamos la flaqueza de la niñez; 10º si las órdenes son oscuras, equívocas y dan pie a confusiones y a castigos imprevistos; 11º si negamos a carga cerrada los permisos solicitados con justa razón; 12º si damos por ciertas las faltas dudosas, etc.


Se cae en el laxismo cuando:


no se hace caso más que de escándalos y faltas graves; el que para mostrarse suave no hace caso ni de la modestia, ni del comedimiento, ni del silencio; el que a fuerza de mirar la humana flaqueza, acaba por juzgar los males con excesiva indulgencia; el que reprende, pero, para evitar molestias o pequeñas protestas se abstiene de castigar; el que por amistad sensible o por complicidad, tolera que ciertos alumnos falten a la disciplina; el que so pretexto de bondad no se hace respetar; no menos que el tímido que no toma a pechos la observancia del reglamento; el maestro ligero que se distrae y se porta con los alumnos como un camarada.


El tercer principio se denomina actividad. Su concepción se basa en la continua y progresiva práctica del alumno en aquellos ejercicios que paulatinamente le ejerciten la memoria, le despierten la inteligencia y la formen la voluntad. En el fondo del sistema subyace una verdadera teleología: el ejercicio programado para alcanzar la formación integral del hombre.


El Prefecto de Iglesia


5. El templo significaba una actividad tan importante como la del colegio pues en el ideal ignaciano ambas entidades se debían complementar.

Así pues, el Prefecto de la Iglesia venía a ocupar un papel paralelo al que desempeñaba el Prefecto de Estudios para el colegio. En último término era el responsable no sólo de que el culto y los oficios religiosos adquirieran vitalidad e incluso esplendor sino que además debía responder por el orden y por la consecución de los altos fines ascéticos y espirituales que se proponía la Compañía de Jesús en cada domicilio.

Por ello, las Reglas correspondientes debían servir de norma y de guía.

Las formas de comunicación para los jesuitas residentes en el colegio se ceñían a que los sábados se hacía público en el comedor el cronograma de la semana y se colocaba en la sacristía, por escrito, la información correspondiente.

Con respecto a los sacerdotes debía verificar si observaban sus respectivas Reglas y si cuidaban de su porte exterior; si disponían de las debidas licencias para confesar y si se acomodaban a las exigencias de los ritos de la liturgia romana.

También debía celar porque se cumpliera lo estipulado por el fundador de la Orden acerca de la gratuidad de los ministerios y en consecuencia los sacerdotes no podían recibir limosnas ni por decir misa ni por oír confesiones y tampoco se permitían en la iglesia ni las alcancías ni ningún tipo de arca que permitiera depositar cualquier tipo de limosna.

Aunque las reglas no bajan a detalles sobre los ministerios concretos, sin embargo precisa su obligación en procurar que no faltaran confesores en el templo así como la planificación de los sermones y de las lecciones sacras.

Entre las obligaciones materiales permanentes sobresalen el conservar decentemente el Santísimo Sacramento, renovar anualmente los santos Oleos así como custodiar las reliquias de los santos en un tabernáculo ad hoc, y en fin procurar el ornato necesario para todo lo relativo al culto divino.


El Procurador


6. Podríamos definirlo no sólo como el asesor del Rector en asuntos financieros sino como el verdadero gerente de la "máquina económica".

Su actividad, de acuerdo con las Reglas del Procurador, se desglosaba en dos capítulos: la contabilidad y la administración.

Entre las sugerencias de política económico-administrativa, las Reglas son parcas pero precisas. Se parte del principio que, la responsabilidad, cuidado y aumento de los bienes materiales constituye la principal misión del Procurador. Para ello se le encomienda la práctica de tres consejos: asesorarse en los asuntos delicados con los peritos más idóneos; llevar con toda exactitud los libros de contaduría y archivo; e informar al Rector mensualmente del estado del balance y de la caja.

En las compras se le recomienda que se lleven a cabo en el tiempo oportuno "a fin de que no se obligue a comprar las que no sean muy buenas o que no tengan precio equitativo" y una vez comprada la mercancía debía vigilar para que se conservase en buen estado. Y dentro de este esquema administrativo debía tomar cuneta al comprador cada día de los gastos efectuados y obligarle a llevar un Diario.

En relación al complicado mundo de los arrendamientos, contratos, contracción de deudas, o cualquier otro negocio de importancia, debía actuar con delegación del Rector y de acuerdo con el informe de los peritos más idóneos. Además, tenía la obligación de recordarle al Rector que, en los contratos de mayor importancia, debía remitir éste una copia autenticada a Roma.

Finalmente, si había necesidad de recurrir a litigios judiciales se le advertía al Procurador que, antes de emprender el pleito, hiciera lo posible por llegar a un avenimiento o arreglo amistoso; y si esto fuera imposible, debía intentar siempre "una justa concordia". En todo caso, los juicios debían ser llevados por procuradores externos.

En lo que se refiere a la vida comunitaria los "Usos y costumbres la Provincia del Nuevo Reino" estipulaban la igualdad de todos los miembros de cada una de las comunidades jesuíticas expandidas por el Nuevo Reino. Así por ejemplo, en lo relativo a los viáticos de los que eran destinados a un colegio o residencia se fijaba tanto la dotación personal como lo relativo a los viajes.

Con todo, una serie de circunstancias muy singulares hicieron que la figura del Procurador adquiriese entre nosotros características muy singulares. Lo apartado de las haciendas, las ausencias para la búsqueda de mercados a fin de colocar los productos, el contacto con otros comerciantes, el volumen de ventas, etc. contribuyeron a que la realidad del Procurador adquiriera día a día mayor autonomía y por ende las relaciones Rector-Procurador tuvieran a veces que regirse por la vía impositiva de la obediencia.

Tres figuras jurídicas netamente diferenciadas en el derecho y en la historia de la Compañía de Jesús en Latinoamérica durante el período hispano intervienen en la administración de los bienes de cada domicilio: el Ministro, el Procurador y los Administradores de haciendas.

Pero un cargo tan delicado como es el del manejo de los bienes temporales es lógico que no fuera usual en la mayoría de los sacerdotes jesuitas cuya formación insistía fundamentalmente en los valores espirituales y en la formación humanística. Por eso puede llamar la atención que en diversas oportunidades fueran Hermanos coadjutores cualificados los que desempeñaran tal oficio.

En una acción tan universal como era la que desarrollaba la Compañía de Jesús en todo el mundo era lógico que existieran severos controles.


La espiritualidad del colegio y el P. Espiritual


7. El fervor espiritual del colegio tenía que traducirse en la buena marcha de todas las instituciones que en él funcionaban. De ahí la importancia que tenía la visita del P. Provincial cada trienio ya que significaba una auditoría espiritual y material tanto de cada uno de los integrantes del plantel así como también de todas las obras que funcionaban en la entidad Colegio.

El alma de una comunidad jesuítica antigua era el P. Espiritual. Debía ser hombre maduro, de probada experiencia ascética, conocedor del Instituto de la Compañía de Jesús, versado en la lectura de libros espirituales y experto en analizar los movimientos en que se debaten las almas. Era el encargado de que el ideal ignaciano se concretase en cada uno de los miembros del colegio mediante el fiel cumplimiento de las reglas para conseguir la realización tanto espiritual como humana de cada uno de los jesuitas.

Su acción pedagógico-espiritual era personal con cada sujeto y consistía en la dirección del mundo del espíritu y de la conciencia. Su objetivo se centraba en que cada dirigido espiritual alcanzara la familiaridad con Dios y el convencimiento de que el cumplimiento de sus obligaciones era el mejor servicio de Dios. Para ello debía estimularlo, o corregirlo, o ayudarlo para que el proyecto de vida diseñado en los Ejercicios Espirituales adquiriera vida mediante los diversos modos de oración, el continuo examen, la práctica ininterrumpida de las virtudes y la lucha contra los afectos desordenados.


La organización económica


8. El estudio de la "máquina económica" que sustentó y movilizó la acción educativa, misional, social, económica, religiosa e intelectual de la Compañía de Jesús en el continente americano, se ha convertido en los últimos tiempos en un novedoso e interesante tema de investigación dentro de la historia social latinoamericana.

La Compañía de Jesús partía del supuesto de que la "máquina económica" debía garantizar, fundamentalmente, un triple objetivo. En primer lugar, la gratuidad de la enseñanza que se impartiera en sus aulas; en segundo término, facilitar todos los medios para la construcción y mantenimiento del colegio e iglesia con las consiguientes dependencias anexas; finalmente, debía proporcionar subsistencia al equipo humano, siempre reducido en Indias, encargado de llevar a cabo la educación integral exigida por la Ratio Studiorum. Consecuentemente, es fácil comprender que los jesuitas excogitasen los medios financieros más eficaces a fin de garantizar la eficacia y la calidad en la realización de sus obras y en el rendimiento de sus hombres.

El punto de partida de toda institución docente jesuítica indiana consistía en la creación de una verdadera Fundación cuyo soporte financiero suponía una verdadera empresa, de cuyo incremento dependía en gran parte el florecimiento cultural del plantel, así como la dotación de todo el universo de sus dependencias auxiliares.

Sin embargo, este punctum a quo conlleva dos premisas de cuya comprensión depende en gran parte la recta interpretación del hecho económico llevado a cabo por los seguidores de Ignacio de Loyola en el Nuevo Mundo.

En primer lugar, la legislación de la Compañía de Jesús estipulaba muy sabiamente que cada colegio constituye un ente económicamente autónomo e independiente. De esta suerte era corriente encontrar, dentro de una misma Provincia, obras sólidamente financiadas mientras que otras llegaban a padecer verdadera necesidad y penuria. Como contrapartida, los miembros de la Orden no podían ser adscritos de forma definitiva a ninguna casa en concreto y consiguientemente podían ser trasladados de domicilio libremente por el Provincial (autoridad máxima dentro de cada demarcación geográfica o Provincia).

En segundo término, la realidad económico-social de cada continente donde laboraba la Compañía de Jesús (Europa, Asia y América) era esencialmente distinta; de ahí la criteriología ignaciana de la adaptación a los tiempos, condiciones locales y personas imprimiera en el área económica la misma flexibilidad que en otros campos de acción. De esta suerte se explica que en tierras de Indias las Fundaciones no pudieran concebirse como fruto de grandes capitales (como sucedía en Europa), sino como un esfuerzo más, en un mundo en construcción, en el que la agricultura constituía prácticamente una de las pocas fuentes seguras de producción. Así fueron naciendo las grandes haciendas, al unísono con el esfuerzo de los hombres e instituciones que laboraban en la nueva América.

Así pues, antes de incoar un colegio se debía crear una Fundación, de la que surgiría después una empresa; una vez estructurada ésta, comenzaba a funcionar la máquina económica de cuyos frutos dependía la prosperidad académica y apostólica del plantel.

Pero conviene dejar fuera de toda duda que la "empresa" -a pesar de haber jugado un muchas ocasiones un papel importante en el quehacer jesuítico americano- fue siempre un medio que sirvió para crear, sustentar, promover, incrementar y realizar los fines superiores inherentes a los ideales de la Compañía de Jesús. En otros términos, el criterio de empresa en lo económico hay que encuadrarlo dentro de la concepción jerarquizada de "apostolado", como un factor dependiente y subsidiario.

La documentación de que disponemos hasta el momento es bastante deficiente en lo referente a órdenes y criterios para manejar las haciendas en el Nuevo Reino. Sin embargo, si se trasluce alguna información suelta que en el fondo se ajustaba a lo estatuido en las Reglas del Procurador.

En el provincialato del P. Francisco Antonio González (1720-1723) parece que las licencias que se tomaban los Administradores en la gerencia de las haciendas frente al Rector y Procurador de ellas llevó al Provincial a tomar medidas severas para corregir el abuso. Hace referencia el Provincial en su escrito a una orden del R. P. Juan Pablo Oliva, Prepósito General de la Compañía de Jesús, del 30 de agosto de 1673, de donde saca las siguientes conclusiones: "Lo 1º. No pueden dar ni disponer de cosa alguna sin licencia de sus superiores. Lo 2º ni pueden hacer gastos extraordinarios, v. gr. edificios, rancherías, nuevos y costosos entables y cosas semejantes sin licencia de los superiores. Lo 3º pueden y deben hacer aquellos ordinarios que ya se sabe son necesarios para llevar adelante las haciendas en sus cultivos, etc. y para la manutención de sus personas en la vida común de religiosos". Más adelante ordena y manda en precepto de santa obediencia


a todos los Padres y Hermanos administradores de nuestras haciendas y a sus sustitutos (aunque lo sean por breve tiempo) que en los libros de recibo y gasto, que para esto deben tener en las haciendas, apunten y escriban no solamente todas las cantidades recibidas y gastadas, sino también de dónde procedieren los recibos (sean de frutos de arrendamientos, de envíos de los colegios o de cualquiera otra vía), que con ocasión de su administración o industria se hayan adquirido, y asimismo en qué se gastaron las cantidades gastadas y que dos veces al año den cuenta a sus Superiores de dichos recibos y gastos, para que vistas y examinadas por ellos, les conste lo que se hace en las haciendas y puedan corregir lo que en esta parte juzgaren menos acertado.


La metodología didáctica


De forma muy precisa resumía el jesuita inglés Campion en su discurso De iuvene academico la concepción pedagógica de la Compañía de Jesús:


Qué hay que desear primero a los estudiantes? La viva voz del maestro. ¿Y en segundo lugar? El método. ¿Y en tercer lugar? El método. ¿Y en cuarto? El método. Y en el quinto? El ejercicio.


De esta suerte el ejercicio se supedita al método, el método a la formación académica, la formación académica a la integral y la integral queda siempre abierta a una verdadera superación.

El profesor jesuita, tras su estancia en la universidad, venía adiestrado en el manejo de dos metodologías complementarias: la escolástica a la que había dedicado siete años y la de las humanidades en la que se había formado antes de iniciarse en el curso de Filosofía.

El método didáctico de la Ratio Studiorum adopta un esquema tríptico: la intervención del maestro (Prelección); la actuación inmediata del alumno (Repetición) y finalmente la acción conjunta profesor-alumno (Ejercicios).

La Prelección es una de las fases más normadas en la Ratio Studiorum. Supuesta la preparación inmediata de la clase por parte del Profesor la Prelección constaba de seis partes: la lectura del texto; el argumento; la explicación literal; la gramática; la erudición o comentario y las costumbres.

La lectura del texto debía ser toda seguida, y al otorgarle la entonación apropiada al sentido el alumno podía comenzar a aprender por el oído el contenido del texto.

El segundo paso consistía en la narración del argumento del texto leído. Este breve resumen debía hacer además referencia a la conexión lógica con las lecciones anteriores.

El tercer paso contemplaba la explicación literal, a saber: exponer el orden de las palabras y la estructura de la oración y también en declarar las palabras más oscuras.

El cuarto paso accedía a la exacta intelección de las palabras y modos de expresión, es decir, a la gramática. Había para ello que volver a cada palabra y explicar el género, la declinación, la conjugación, los modos, los tiempos, etc.

Como es natural la graduación de este paso variaba de acuerdo con la clase: superada la gramática se daba comienzo al estudio comparativo de los diversos estilos literarios y también es de notar la referencia repetida a la lengua vernácula del alumno y la exigencia en la elegancia del estilo. Culminaba el proceso con la Estética.

El quinto paso se abría a la erudición, es decir, a la explicación más ilustrativa del fondo del texto analizado. El contexto de la erudición podía ser tan amplio y profundo como extenso y medular era el tema contenido en el texto seleccionado. También se medía aquí la información del profesor. Se trata, pues, de un medio auxiliar cuyo principal fin consistía en atraer el interés al alumno y dar variedad a lo tratado. Se servía para ello de los testimonios de la historia, de otras ciencias y de la cultura. Sin embargo advertía la Regla 1 del Profesor de Humanidades que la erudición debía emplearse con moderación para despertar el ingenio y avivarlo, pero en ningún modo debía perjudicar el conocimiento profundo de la lengua.

El último paso es el que denomina Juvencio bajo el concepto de Costumbres. Era la aplicación a la vida diaria de lo estudiado en el texto. Era el momento de reflejar los mejores modelos de vida, de ideas y costumbres tanto de los personajes antiguos como actuales, sin omitir reflexiones filosóficas.

La segunda fase del método didáctico pertenece al alumno y se denomina Repetición, acción que no debe confundirse con el ejercicio de memorizar lo explicado. Como apunta Bertrán Quera se trata de un "proceso de aprendizaje programado con rigor y de modo sistemático, para mejor asimilar y personalizar lo aprendido".

La utilidad fundamental de esta técnica se basaba en el principio de que cuanto más se repite, tanto más profundamente se graban las cosas. En el fondo era una labor progresiva y gradual de síntesis parciales hasta obtener la suma global del todo pero también intervenían el estudio privado del alumno, las propuestas de los compañeros y el juicio del profesor.

Se distinguen tres tipos de repetición: una inmediatamente después de la prelección; la segunda, al día siguiente; y la tercera, cada semana, ordinariamente el sábado.

La repetición primera, o inmediata, tiene como objetivo fijar la atención del alumno en lo esencial, es decir, un resumen de lo más importante y útil a fin de poder formar "un primer núcleo alrededor del cual se puedan agrupar y estructurar los contenidos siguientes. Se pretende con ello, establecer y asentar con relieve unos puntos de referencia, a los que irán convergiendo los posteriores puntos de enseñanza y de aprendizaje".

La segunda repetición, al día siguiente, es semejante a la primera y equivale a dar la lección ante los demás pero en presencia del Profesor. Mas, como ha mediado un espacio de tiempo el alumno ha podido asegurar la memoria y precisar el contenido mediante el estudio, la reflexión y la consulta.

En este ejercicio debía participar todo el grupo pero según la siguiente norma: interviene uno y su "émulo" debía corregirle si fallaba. De esta suerte se instaura de forma gradual el paso de la función retentiva a la función intelectual y comprensiva del texto.

La tercera repetición era la semanal o sabatina y en ella se repasaba la labor de toda la semana. Su técnica era distinta ya que intervenía en forma competitiva todo el curso dividido en dos bandos, o algunos defensores elegidos por el profesor para que contestasen las preguntas de los demás.

La tercera fase de la metodología didáctica de la Ratio la integran los Ejercicios en acción conjunta profesor-alumno.

Bajo la palabra Ejercicios escolares se cobijan tanto las múltiples formas orales (repeticiones, declamaciones, discursos) como escritas (composiciones) en las que debieron ejercitarse los alumnos en las aulas jesuíticas. Era el camino obligado para aprender a pensar a través de la expresión exacta de la palabra y del dominio del lenguaje.

Haremos alusión primero a la composición, es decir, al ejercicio escrito.

Dos fueron los tipos fundamentales de composición: el primero asumía la traducción escrita bien fuera del latín a la lengua vernácula o viceversa; el segundo se encaminaba a la redacción de muy diversos temas pero todos conexos con las explicaciones de la clase. En todo caso, como bien anota Bertrán Quera, no era la traducción lo más típico de la composición, sino la redacción en lengua vernácula.

El tema dependía del grado o clase pero iba desde cartas, narraciones, descripciones hasta temas libres pasando por discursos y poesías para las clases mayores. Regularmente este ejercicio se realizaba en la clase y por ello exigía del Profesor la más cuidadosa preparación y el tema debía meditarlo y aun escribirlo.

Dada su importancia el ejercicio era diario con excepción de los sábados, pero podía variar según el aula. Con respecto al tiempo que se debía dedicar al ejercicio escrito pareciera que las traducciones o sus equivalentes debían ser diarios por una hora y el tema libre debía consumir una hora semanal.

Pero también había temas de composición, en prosa o en verso, que el alumno los debía realizar en privado y posteriormente se exponían los mejores en las paredes de las clases.

Mas, cabe preguntarse dónde radicó la eficacia de la composición. Hay dos elementos que garantizaban el valor pedagógico de la composición: el método y la corrección sistemática del profesor.

En el método el alumno debía practicar dos fases consecutivas: primero la imitación de los grandes autores y segundo el estilo de su propia creación.

La imitación en ningún momento significa copia servil sino adentrarse en las formas de expresión, en la estructura literaria y en las concepciones estéticas de los autores que había que imitar. Una vez dominada la esencia del lenguaje y las formas precisas de dicción el alumno debía tratar de superar a los maestros a los que imitaba y buscar después su propia identidad.

Pero el trabajo desarrollado corría el peligro de ser estéril si no hubiera existido la corrección constante y oportuna del Profesor. Debemos confesar que era una tarea ingrata y difícil pues juicio e ingenio no siempre son fáciles de compaginar. En el colegio San Francisco Javier sospechamos que era fácil para el maestro seguir la corrección diaria dado el reducido número de alumnos. En todo caso el modo de corregir era el siguiente:


... es generalmente indicar si hay alguna falta contra los preceptos; preguntar cómo se puede enmendar; mandar que los émulos, en cuanto descubran algo, lo corrijan en público y enuncien el precepto contra el que se ha faltado; finalmente alabar cuando se ha hecho perfectamente. Mientras esto se hace en público, la primera muestra de la composición del alumno (que siempre ha de llevarse además de la que tiene el maestro) ellos mismos la lean para sí y la corrijan.


Pero la corrección también debía descender tanto a detalles como la ortografía, la caligrafía, la presentación, y la puntuación, así como también afrontar problemas de fondo como, por ejemplo, si el alumno trató de evadir las dificultades. Las exigencias eran cada vez mayores sobre todo en los niveles de humanidades y retórica.

Llama la atención el hecho de que los alumnos debían entregar al profesor la última redacción corregida y guardaban para si el texto sobre el que habían trabajado con todas sus añadiduras.

Nos falta todavía reseñar los recursos metodológicos orales utilizados en la didáctica cotidiana del aula como son las concertaciones y las declamaciones.

La Concertación era un ejercicio basado en el principio de la emulación pública y colectiva. Se trata de una clase de repetición en donde no se enfrentan los individuos sino el grupo total o las clases y en donde los alumnos son además actores y protagonistas de la competición.

Con esta ejercitación, anota Bertrán Quera, se aprovecha la psicología evolutiva del adolescente en ese delicado tránsito de la etapa típica del juego a la etapa de competencia y lucha. De esta suerte se consigue armonizar los retos de la persona y las exigencias de la comunidad en la que el joven se encuentra inserto. Así pues, la presencia del público le obliga a superar la pasividad e inercia mental y por otro lado asume la responsabilidad de defender los intereses y el éxito de los que pertenecen al mismo equipo o bando.

En los cursos inferiores se consideraba que la concertación debía convertirse en práctica habitual e incluso podía reemplazarse la composición por media hora de concertación ya que esta emulación constituye un gran estímulo para el trabajo.

La concertación conllevaba una infraestructura de dignidades y cargos adquiridos por la competencia en la excelencia. Los magistrados gozaban de puestos especiales y para mantenerse debían exponer continuamente su liderazgo académico. De esta forma se explica el contenido de la Regla 31 de las Reglas comunes a los Profesores de las Clases inferiores:


Ha de tenerse en mucho la concertación, que suele hacerse cuando el maestro pregunta y los émulos corrigen o entre sí discuten; y siempre que el tiempo lo permita ha de usarse, para que la honesta emulación se fomente, que es gran incentivo para los estudios. Podrán emplearse o cada uno por su parte o varios de cada parte, principalmente de los magistrados, o también uno solo atacar a varios. De ordinario el particular atacará al magistrado, el magistrado al magistrado; a veces también el particular atacará al magistrado, y podrá conseguir su dignidad, si venciere, o algún otro premio o señal de victoria, según lo pide la dignidad de la clase y el modo del lugar.


En cada clase estaba normada la forma de proceder en la concertación. Pero además, una vez al año debían competir dos cursos inmediatos.

Llama la atención la norma impuesta para responder las preguntas pues el modus operandi recuerda mucho a la metodología de la Escolástica: el interrogado debía repetir textualmente la pregunta y tras un momento de meditación pasaba a contestarla.

Cierra el ciclo de las composiciones la denominada Declamación, es decir, el arte de aprender a hablar así como los anteriores ejercicios estimulaban el arte de pensar.

La perfecta elocuencia que diseñaba la Ratio Studiorum integraba dos elementos fundamentales: la oratoria y la poética pues a las fuentes lógicas y racionales se les debía abrir el horizonte siempre renovado de la poesía.

Tres tipos distintos de declamación diseñaban este aspecto de la didáctica: la cotidiana del aula, la semipública, la pública y la solemne.

La primera se servía de la lección de memoria de algún texto selecto para esforzarse en su recitación.

La segunda era preparada por el alumno con antelación y debía versar sobre alguna prelección o autor no visto en clase, bien en prosa, bien en verso. Se tenía cada dos sábados y se debía invitar a los alumnos de humanidades.

La tercera era pública y consistía en un discurso o en un canto poético que se pronunciaba en el salón o en la iglesia. La solemne venía a ser una pública con asistencia de público de fuera del colegio. Y aunque el texto de la Ratio de 1599 no baja a ciertos detalles si insistían en ello las anteriores, desde el cuidado de la pronunciación hasta la voz, los ademanes y gestos.

Para concluir queremos transcribir la síntesis del método que aduce el investigador Bernabé Bartolomé:


La bondad estratégica del método humanístico de los jesuitas ha sido alabado por figuras del pensamiento como Montaigne, Descartes, Bacon o Goethe. En un estudio de la Ratio Studiorum se observa cómo bajo un planteamiento circular y concéntrico el desarrollo de la enseñanza se repite y crece en auténtico espiral, se proyecta integrador y uniforme perfeccionando potencias y habilidades. Como instrumento de trabajo el método se presenta eficaz y preciso. Como técnica factorial desarrolla los sectores lógico-simbólico, lingüístico, creativo, mnemónico, intuitivo. Como proceso recorre la praelectio, praecepta, compositio et eruditio. Como estragegia utiliza la concertatio, repetitio y repraesentatio. Cultivadores en su metodología los jesuitas del eclecticismo habían ido acuñando con el tiempo realismo y progreso y sobre todo uniformidad.


 

FUENTES Y BIBLIOGRAFIA


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